Mucho se habla de modernización, pero en la práctica la realidad parece ir por otro camino. Quienes necesitan atención médica en el Hospital de Niños de Jujuy, ya sea por no contar con obra social o porque sus hijos padecen alguna patología crónica, deben atravesar un verdadero calvario para conseguir uno de los escasos tres o cuatro turnos diarios que, en algunos servicios, se entregan.
Hay especialidades que cuentan con un solo profesional, responsable tanto del consultorio como de la atención de pacientes internados o del Hospital de Día. Esa realidad obliga a madres, padres y tutores a comenzar la fila en plena madrugada, muchas veces apenas pasadas las 2 de la mañana.
Sin embargo, la espera recién empieza. Aunque los números comienzan a entregarse alrededor de las 6.30, antes hay que superar una serie de “retenes”, escritorios y escasa información. Después de horas de frío, sueño y ansiedad, llega el momento de esperar que alguien diga “sí” o “no”. Y aun cuando desde ese primer filtro aseguren que hay turno, queda rezar para que, al llegar al mostrador, no informen que ya se terminaron porque alguien contó mal a los pacientes anteriores. Sí, también pasa.
Si hay turno, enhorabuena. Si no, solo queda volver a empezar al día siguiente. Y al otro. Y al otro.
Mientras tanto, se anuncia con bombos y platillos la existencia de turnos online. La realidad es bastante distinta: ese sistema solo está disponible para algunas especialidades de baja demanda o para pacientes del interior. Para quienes viven en San Salvador de Jujuy y necesitan especialidades críticas, el calvario continúa siendo presencial.
Como si las interminables filas no fueran suficientes, existe otro requisito difícil de comprender: cuando finalmente llega el turno, el niño debe estar presente. Si no está, el turno se pierde. Es decir, todo el recorrido —desde las dos de la madrugada hasta las siete u ocho de la mañana, cuando muchos profesionales recién comienzan a atender— debe realizarlo el adulto responsable acompañado por un niño enfermo, cansado, con frío y obligado a esperar entre cinco y siete horas. Difícil encontrar allí algún criterio de humanidad.
También es justo decirlo: alrededor del 90 % del personal del Hospital de Niños atiende con calidez, compromiso y vocación. El problema no está en ellos, sino en algunos filtros administrativos y “retenes” donde el trato dista mucho de estar a la altura de familias que llegan con angustia, preocupación y la única intención de conseguir atención para sus hijos.
Menos mal que el derecho a la salud pública está garantizado. Al menos en los papeles. Porque, para muchas familias jujeñas, ejercer ese derecho parece haberse convertido en una carrera de obstáculos.












