Imagina que vas hasta donde está la Mona Lisa y dices «me gustarĂa ser el dueño de esto» y alguien que anda por allĂ te dice «dame 65 millones de dĂłlares y quemarĂ© una cantidad no especificada de la selva amazĂłnica para darte este recibo de compra». AsĂ que le pagas y te dice «aquĂ tienes tu recibo, gracias por tu compra». Y acto seguido se va hasta un armario de suministros sin marcar en la parte trasera del museo y guarda allĂ una etiqueta hecha a mano, detrás de las escobas, que dice «la mona lisa es en estos momentos propiedad de Jacobgalapagos». De modo que si alguien quiere saber de quiĂ©n es, tendrĂa que encontrar este armario especĂfico en este pasillo especĂfico y mirar detrás de las escobas correctas.
DespuĂ©s dices «¿puedo llevarme la Mona Lisa a casa ahora?» y te contesta «oh, Dios, no, Âżeres estĂşpido? sĂłlo compraste el recibo que dice que eres el dueño, no compraste la Mona Lisa en sĂ, no puedes llevarte la mona lisa de verdad, idiota. Pero sĂ puedes llevarte esto.» Y te da una rĂ©plica impresa en un tubo de cartĂłn de las que se venden en la tienda de regalos. Además, la persona que te vende el recibo de compra no ha sido nunca la propietaria de la Mona Lisa.
Desgraciadamente, si esto no parece tener sentido ni parece que cualquier persona lĂłgica estarĂa satisfecha con este intercambio, entonces lo has entendido perfectamente.












