Hay partidos que se juegan durante 90 minutos y hay otros que empiezan mucho antes y parecen no terminar nunca. El de este martes serĂĄ de esos. Lionel Messi jugarĂĄ ante BenĂn su Ășltimo partido con la SelecciĂłn Argentina y, cuando el ĂĄrbitro marque el final, algo mĂĄs que un encuentro de fĂștbol habrĂĄ terminado: se cerrarĂĄ una historia que durante mĂĄs de dos dĂ©cadas nos enseñó a ganar, a perder, a insistir y, finalmente, a celebrar juntos.
El Monumental serĂĄ el escenario de la despedida. AllĂ, frente a miles de argentinos, Messi volverĂĄ a ponerse la camiseta celeste y blanca por Ășltima vez. SerĂĄ su partido nĂșmero 208 con la SelecciĂłn, despuĂ©s de 21 años de una relaciĂłn que tuvo todos los capĂtulos posibles: el debut siendo apenas un chico, las crĂticas, las finales perdidas, aquella decisiĂłn de alejarse despuĂ©s de la Copa AmĂ©rica Centenario, el regreso, la transformaciĂłn en capitĂĄn y una etapa gloriosa que terminĂł con la Copa AmĂ©rica, la Finalissima y el Mundial de Qatar.
Pero quizĂĄ la historia de Messi con Argentina no pueda explicarse solamente con tĂtulos, goles o estadĂsticas. Porque antes de ser campeĂłn del mundo fue el chico al que muchos le pedĂan mĂĄs. Fue el que tuvo que escuchar que no sentĂa la camiseta, que no podĂa repetir con Argentina lo que hacĂa en Barcelona, que siempre faltaba algo. Y siguiĂł. Una y otra vez. Hasta que un dĂa aquella misma camiseta que parecĂa pesarle se convirtiĂł en la camiseta que levantĂł al cielo para que todos pudiĂ©ramos verla.
Por eso hoy no se despedirå solamente un futbolista. Se despedirå una parte de nuestras vidas. Se irån con él aquellas madrugadas esperando un partido, los nervios antes de cada final, los abrazos después de cada gol, las lågrimas de las derrotas y aquella felicidad imposible de explicar cuando finalmente llegó la Copa del Mundo.
Messi eligiĂł Argentina cuando tambiĂ©n pudo haber elegido otro camino. LlegĂł desde Rosario, creciĂł futbolĂsticamente en España y, sin embargo, cuando tuvo que decidir quĂ© camiseta defender, eligiĂł la celeste y blanca. Durante mĂĄs de 20 años llevĂł nuestro escudo por el mundo y nos hizo sentir representados en cada cancha.
QuizĂĄs por eso la tristeza de este Ășltimo partido tenga tambiĂ©n algo de orgullo. Porque no todos los paĂses tienen la posibilidad de despedir a un jugador como Messi. Nosotros sĂ. Nos tocĂł verlo crecer, sufrir, levantarse, convertirse en capitĂĄn y terminar siendo campeĂłn de todo con Argentina.
Este martes, cuando vuelva a sonar el Himno y Messi mire hacia las tribunas, seguramente habrĂĄ miles de personas intentando contener las lĂĄgrimas. Y cuando el partido termine, quedarĂĄ una sensaciĂłn difĂcil de explicar: saber que ya no habrĂĄ otro partido oficial de Messi con Argentina.
QuedarĂĄ, eso sĂ, todo lo demĂĄs.
Los goles. Las gambetas. La zurda. Las asistencias. Las finales. El Mundial. Las Copas América. El abrazo con la Copa en Qatar. Y, por encima de todo, quedarå el recuerdo de haberlo visto jugar para nosotros.
Porque algĂșn dĂa alguien preguntarĂĄ dĂłnde estĂĄbamos cuando Messi jugĂł su Ășltimo partido con la SelecciĂłn Argentina.
Y podremos decir que estuvimos ahĂ. Que lo vimos. Que lo sufrimos. Que lo disfrutamos. Que lo acompañamos.
Y que tuvimos el privilegio de verlo vestir la camiseta argentina.
Gracias, Leo.
Por todo.
Y, sobre todo, por haber elegido ser argentino.
Por A. Aramayo












